La última llamada

Hay quien afirma que esta historia es verdadera, y quien, usando su propio raciocinio, prefiere posarlo sobre el vasto y fértil terreno de las casualidades, cosas improbables, habladurías o hechos inconexos. Lo cierto es que tanto Patricia como Alfonso lo experimentaron, y aquello hizo que sus vidas cambiaran para siempre. 

 

Fue una mañana de agosto. Al despertar, y tras los besos de ella, el duro y ponente miembro de él regresó a la vida para penetrar la oscura cavidad que había explorado la noche anterior. Sin embargo, Patricia decidió levantarse e ir a comprar el desayuno. Risas. Bostezos. Ropa interior. Pantalones. Un largo beso… Llaves. El chirrido de la puerta… Un suspiro.

 

Alfonso, aún animado, esperó paciente a que la dureza de aquello bajase. Patricia le había gustado desde el primer día; sin embargo, respetaba las presas de sus amigos. Pablo la había visto primero. Se habían enamorado; al menos, eso era lo que todos pensaban. Y cierto día, en las reuniones que Alfonso acostumbraba a convocar en su casa, habían anunciado su compromiso. 

 

Alfonso aceptó aquella situación y no pudo evitar observarla. Sus gestos, su forma de vestir, su vocabulario, todo le gustaba de ella. Pero Pablo era su amigo de la infancia; debía permitir aquella relación. 

 

Trató de no entrometerse. Batalló sobremanera con sus pensamientos y emociones. Conoció a otras mujeres mucho más hermosas que Patricia, pero siempre, antes de ir a dormir, sus pensamientos eran para ella. Intentó no quedar con Pablo, no salir con ellos. A su amigo se le notaba cada vez más enamorado. Probó, sin mucha suerte, técnicas para olvidar aquellos ojos cuya mirada penetrante hacían tantos estragos en él. 

 

Por fin, una noche de invierno ocurrió lo que tanto había deseado. Fue después de la fiesta de disfraces, en Halloween. Una de las invitadas, a la que había conocido en una cafetería meses atrás, decidió quedarse en su casa. Alfonso era un gran seductor y tenía que rogar a casi todas sus conquistas que dejaran de acosarlo. Sin embargo, aquella misteriosa mujer, Carmen, tras dejarse penetrar con excitación al día siguiente, fue invitada a abandonar la casa. Ante la impávida mirada de la mujer, Alfonso decidió confesarle su infortunio. Patricia, la novia de su mejor amigo, ocupaba su ser y no podía evitarlo. No lograba sacarla de su cabeza. Carmen le pidió que le diera una oportunidad, que ella podía ayudarlo. Ante la negativa de él, se fue jurando que no pasaría por alto aquel desplante.

 

Y es aquí donde la historia dio un salto. Meses después, pues así es como funciona el universo y sus leyes, la vida de Alfonso cambiaría para siempre. 

 

Un día, cuando estaba en casa viendo su serie preferida de Netflix, alguien llamó a la puerta. Al principio dudó en levantarse, pero, ante la insistencia del desconocido, arrastró los pies para averiguar de quién se trataba. Entonces su ojo recibió la sorpresa. Sus pensamientos se amontonaron unos encima de otros y se mezclaron entre sí, tratando de descifrar qué era lo que estaba ocurriendo. Su asombro fue mayúsculo al abrir y ver cómo su visita se abalanzaba sobre él y lo besaba sin freno. Luego, la habitación, la cama, la ropa. Por fin, llegó el momento de demostrar realmente sus sentimientos. Patricia recibió entre sus piernas al miembro fuerte, potente y apasionado. Después llegó el momento para las explicaciones. Había terminado con Pablo porque, sin saber cómo, empezó a extrañar a Alfonso de forma desmesurada. Este la recibió de nuevo entre sus brazos y los dos se quedaron dormidos. 

Tres semanas pasaron desde aquello. Pablo se había comunicado con él y le había pedido que lo ayudara a buscarla. No sabía dónde se encontraba. Habían tenido una fuerte discusión y ella le había confesado que alguien nuevo se había instalado en su vida… en su futuro… en su cabeza. Pablo, al principio, estaba furioso. Luego comenzó a asimilarlo hasta que por fin llegó la nostalgia, la apatía… Alfonso jamás dijo nada. Temía su reacción. «El tiempo todo lo cura, tío», eran las únicas palabras que salían de la boca de Alfonso, mientras disfrutaba de un sueño hecho realidad. 

 

Las cosas se habían calmado, así que se levantó de la cama y se dirigió a la cocina pensando en que hacía casi un mes desde que Patricia había llegado. No recordaba haber sido tan feliz. Tomó un vaso de agua, la imaginó con un vestido de novia y sonrió. En ese instante sonó el teléfono y él se apresuró  a contestar:

 

―Hola, tío. ¿Cómo estás? —Era Pablo. Reconocía su voz. Se le notaba calmado. 

 

—¡Ey, tío! —respondió con sorpresa y tragó saliva—. Muy bien… Y algo ocupado. —Mintió.

 

—¿Sabes? Ya sé dónde está. Ya sé con quién ha estado todo este tiempo. —Soltó alegre. 

 

Alfonso comenzó a sudar, pero luego suspiró de alivio al darse cuenta de que era imposible que sospechara. Pablo no era de esos. No era de los de estar sacando conclusiones que incluyeran la traición de sus amigos. 

 

—¿No crees que debes dejar esto de ese tamaño, Pablo? —Intentó acabar la conversación—. Si no ha aparecido ya, es porque no quiere estar contigo. 

 

—En eso tienes razón.

 

—Debes admitir la ruptura. Sé que es duro, pichón. Pero hay que aceptar a las mujeres. Son así. Un día contigo y otro… 

 

—Sí, Alfonso. Vuelves a tener razón. Debo aceptarlo. Y tengo que darte las gracias porque aunque el amor me haya dado una patada en el culo te tengo a ti. Y la amistad no traiciona, ¿verdad? —Preguntó.

 

—Eh… SÍ —respondió casi de inmediato; sudoroso; nervioso—. No sabes lo que me alegra que pienses así. ¡Te veo muy animado, chaval! ¿Viste cómo tenías que descansar y dormir un poco?

 

—No he dormido —reveló—. No me hizo falta.

En ese momento, llamaron a la puerta. Alfonso dio un respingo. Tragó saliva. Era Patricia. Debía terminar la conversación o… 

 

—Pero no te preocupes, hermano —dijo dejándolo descolocado.

 

—¿Qué quieres decir? —le preguntó haciéndose el sorprendido—. No te entiendo. 

 

—Ya lo harás —contestó—. Todo a su debido tiempo —rio. Se le notaba feliz, aliviado—. Te quiero. No lo olvides nunca. Cuídala, Alfonso. Dale lo que yo no pude darle. —Y, diciendo esto, el sonido del teléfono le hizo entender que ya no había nadie al otro lado. 

 

El timbre volvió a sonar. Con el remordimiento desgastando su alma, dejó el móvil sobre la bancada de la cocina y abrió la puerta. Patricia, cabizbaja, le hizo una mueca y arrastró sus pies hasta el sofá. Estaba pálida. Dio un traspié y la caja de donuts cayó al suelo. No la recogió. Alfonso se apresuró y la sujetó por los hombros para que ella no se desplomara también. Hizo que se sentara en el sofá.  Le apartó el pelo de la frente y le dio un beso. Algo no andaba bien. 

 

—¿Qué ocurre, princesa? —susurró. Decidió no contarle nada sobre la llamada recibida.

 

Patricia no contestó. Se limitó a meter la mano en el bolso, que aún le colgaba del hombro, y sacar el periódico. Extendió el brazo. Alfonso lo cogió y, tras comprobar que estaba abierto por la página de sucesos, leyó con atención: «Joven de 28 años se quita la vida y deja un mensaje a su ex». Sorprendido, repasó la noticia. No podía ser real. Aquello no podía haber ocurrido. Acababa de hablar con Pablo. Instantes después llegaron los mensajes a su móvil que corroboraban la noticia: La noche anterior su amigo había preferido saltar del edifico que esperar el regreso de su prometida. Y, mientras su inquietud se hacía cada vez más grande y le mordía con ferocidad el alma, no pudo evitar recordar sus últimas palabras: «Cuídala. Dale lo que yo no pude darle».

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